Gozando de
un roce de alas,
y tan
apátrida de un descanso
que
conmoviera a los dioses,
busco y
hallo mi remanso.
¡Cómo
aprieta la vida en el pecho!
Y bajo este
sudor raro,
mis manos
que cogen el verso,
cuando
liberan un vocablo,
cómo danzan
con amantes la estridente
fiesta de no
haber llegado.
Ya no soy,
entonces, poeta.
Clamo mi
mentira a un dios ufano.
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