Qué fiera
alegría sin desembocar
esparciéndose
en mi espalda con luz.
Niego la
nevada tronchadora
de mis
juegos felices, mi testuz,
toda alma,
que sutilmente tocas
contra el sangriento
y común
morador de
los vocablos yertos.
Ven que la
blandura me subirá
a tus
párpados siempre nuevos.
Se encarna
la rosa en este amanecer
de la tierra
dura que el labrador,
cansado,
cansa y esteriliza.
¿Vendrás
lentamente y azul, y voladora?
No hay comentarios:
Publicar un comentario