Vengo
andando un camino de amaneceres,
gozoso de
espadas confinadas,
ellas tristes
de espacios enclaustrados,
abiertas
como bocas secas a una manera
de verse sin
el filo en una utopía pobre,
ásperas de óxido
como maderas
para
calentar las manos de hombres buenos,
que sin
hundirse en un vientre vieran
médulas y
entrañas, y, a esa curiosidad fascinadora
y gobernadas,
su pan comieran
con vómitos
de amapolas.
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