Vengo de unos ojos que ardieron en la inocencia. Como a ti me
estremecen los labios y el mundo cuando despliega su misterio azul y sanguinolento.
Amargamente observo mi cara en el espejo avanzando. Sé que tengo que morir y sé
que reconoceré la hora. Flores saltan de mi pecho poniendo obstáculos a la
tristeza. Pero yo, que amé tanto la llama que me encendieron y me asignó el
tamaño del dolor de la espada, tan calladamente hundiéndose en mí, a veces
siento que mi alma pasó lejos y liberada, igual que el amor que como un beso
dulce entregué a los dientes de la muerte.
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