Era hermoso sentir el
sol frontalmente ubicado. Y era como una dentadura cuando planea un beso. No lo
había vuelto a nombrar desde la semana pasada. Se orientó contra mí y yo cerré
los ojos para que aquel beso perdurara como el recuerdo del primer hallazgo del
amor. Digo que tuvo la rudeza de las dentaduras pues atravesó mi frente para
buscar mi virginidad. Desafortunadamente tuvo también que morir dejando oscuro
el mensaje de conciliación pactado con los árboles esqueléticos en otoño y la
fuente de un parque viejo. Éramos trotamundos de una siesta desértica y también
el equilibrio invisible (ahora lo entiendo) entre los abismos. Nada que ver
acaso uno con el otro, pero sentimos al tiempo un rastro gigantesco y un grosor
fenomenal de vida pasar al lado nuestro, interrumpiendo por un momento la tarde
vana que nos vio jugando a los placeres del espíritu.
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