Por si pudiera callarse
el agua y el plácido cielo azul amurallarse, y del barro del fondo de los ríos no
se pudiera liberar la belleza, y la montaña que da sombra y el avecilla en el
árbol no me persuadan que soy dueño al menos de mi consciencia, dejadme
llorando en el suelo, y borracho, y con mis vómitos. Dejadme llorando porque
será la hora en que deba abandonar mi casa blanca del camino, cargar la mochila
al hombro y echar a andar como un mozuelo. Decid, cuando no me veáis, que me
asustó la idea de reconocerme en el espejo, y, en un cristal diamantino, ser
multiplicado. Decidlo para que nadie entienda que volví a la pobreza de mis
pies descalzos, y un duro camino por delante que consumir.
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