Mi voz se ahoga en tus pechos
como la alondra batiente de la mañana.
¿No sabes que el pecho herido
se espesa en las horas y en la madrugada?
En leche me he ahogado,
de leche bebí la carne maravillada,
¿cuánto tardará este amor
en florecer una agonía sobre mi nevada?
¡Ay, hermosa mía, que transitas por la flor
y el beso nutriente de la jornada!
Nutriente… nutriente… nutriente…
he ahí el vocablo de la luz tan justa y disciplinada.
La noche barrera nuevas estrellas
pero tu voz se nutrirá de la bóveda,
tan de Dios, tan brutalmente abandonada.
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