Aquellas rosas no enlucieron bajo el sol.
Las rosas se marchitaron apenas florecidas,
y engendraron una fealdad de llamaradas
esperando un cielo más bello, lluviosamente bello.
Derribadas, vencidas, el otoño trajo nuevos sueños,
sueños de astillados cristales,
sueños de veneración y brazos extendidos.
Pero presintieron una muerte lunática,
porque en los ojos rojos vieron la fragilidad
de sus pétalos sedientos.
El agua acarició sus tallos una tarde
en una explosión de injusticias morosas,
horriblemente olvidadas
sin entender su fe en los infiernos de la supervivencia.
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