Que sembré dicha, y no lo entendía,
que anduve por ahí tan extrañado,
que miserable me sentí algunas veces,
que aceché tus ojos y los codicié,
los codicié y te codicié,
para que se dibujarán, indeleblemente,
así de sedientos, en mi espíritu.
Y no quise ser más...
Extrañando la vida que no apareció,
así miserable, sentí que debía vivir
con las cosas que callan y duermen.
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