Qué canto va deslizándose,
llega a mis ojos que lloran,
se amontona en mi pecho
como alondra confundida,
y brota salpicando alas.
Que no me espante, Dios mío,
la verdad que nos debes.
La vida, la extraordinaria,
la perplejidad,
ese confín de la belleza y del miedo.
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