Calma era venida de muy lejos,
suaves labios eran,
aires blanquecinos eran,
arrullo de labios y serenidad.
Tu paz, tu calma, y te fuiste.
Los adioses fueron entonces.
La voz venida dentro de la lejanía
y un temor a perderte para siempre,
y una rabia llena de esperanza
de que te quedases un segundo más.
Los adioses fueron entonces.
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