Ayer fue una sonrisa que salpicaba contra el agua,
el estallido de una estrella licuada en los ojos.
Eran los ojos tristes los que miraban tanto bien
y pensaban en aquella sonrisa con nostalgia de agua.
Llegaras con una estrella en los brazos...
Callaras como los ojos negros que se licuaron...
Vendrías de una mañana a sostenerte sobre la risa,
y arrimada al calor del pensamiento más oscuro,
tendrías la soledad y la bruma,
la inmovilidad del infinito somnoliento.
Tengo pensado no decirte nunca un te quiero.
Tus ojos tristes no entrarán en el laberíntico jardín
y no entenderé nunca que por él paso una primavera.