Yo tengo una moneda guardada
en un bolsillo que aprieto en el pecho.
Es mi moneda, que nunca canjearé,
es mi precio para pagar la vida.
Y en la hora de mi muerte la entregaré
a algún cura pueblerino,
que no sabrá que vale lo que valgo.
¡Mi moneda!, ¡mi moneda!
con la que respondo a todo el amor,
a todo lo andado gratuitamente
a todo lo vencido con la mano de Dios.