No me acostumbro a los árboles, al levante con sol, al cuarto de
dormir. Todo es inaudito. Mis gratos recuerdos los han cambiado. La infancia no
es mi infancia. Parece no mía o la de otro que vendió su testa. Vuelvo la vista
atrás sabiendo que encontraré más soledad que en este poderoso presente. La
infancia huele a axila. Es una obesa sudando que tuviera que besar. Molesta
volver la vista y encontrar a un niño que no sabe nada de este llanto que
incomprensiblemente almacenamos. En las postrimerías vendemos barato nuestro
caudal de recuerdos sentados al sol, hablando solos en un banco, y, al anochecer,
sólo las prostitutas nos reconocen como competidores en besar con asco y
generarlo. Vendrá la muerte un día jodiendo el rayito de sol en la cabeza, tan
incomprensible, tan admirada de nuestra mansedumbre abriéndole los brazos, que
se pensará que no hemos puesto todo el corazón en cada acto de vivir, en tratar
de comprender nuestra idiota historia en el mundo. Y el amor con que hemos
amado nuestro único tesoro que nos lo arrebatan y que nos ajustician.
No hay comentarios:
Publicar un comentario