Está latiendo mi corazón dichoso. La hermosura a mí alrededor me conmueve.
La calles de mi ciudad desfallecen en la lejanía de una imposibilidad de continuar agradándome con alas, con el vino que
las sumerge en la somnolencia, con el sol de la tarde. No me canso de
contemplar la agonía de sus despoblados itinerarios. Arde en mí un fuego de
extensiones rotas por la soledad. Vibra un violín. Mientras, una viuda en su
dormitorio se coge a su sexo. ¿Es esto un cementerio de muertos olvidados? ¿No
saben todos los hombres que la felicidad ha cruzado presurosa por aquí? Una
joven dice adiós con la mano y vuelve a correr los visillos. No hay nadie allá
fuera, y por eso la mano que dice adiós tiene la brusquedad de una canción de
amor interrumpida. Y aparecen espejismos de muchos adioses. Y parece que la
ciudad entera quiere llenarse de adioses.
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