Caballo interminable. Doble temblor relincha en lo oscuro. Agrios golpes
de cascos precipitados hacia la arena caliente. Y la infiel, de negra tez,
abierta como un pan repartido, no retrocede ni niega. Fluyó inmediatamente el
milenario amor que disemina la lluvia que percute, la lluvia que se va hacia
los cabellos y a la cintura, que conoce toda víspera de muerte y la paz
temblando junto al fuego.
-¡Mi cintura mojada! -repetiría
ella después en el lecho honorable entre cóleras que se iban abultando-. ¡Mi
cintura y mis cabellos mojados! ¡Tú, mi asesino! ¡Tú, mi adorador! Qué lluvia
no se mezclara con la sangre.
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