Errantes almas en llamas acechan al hogar de nubes otoñales. Una
música tiene el hogar que las imanta y las deja en medio del jardín flotando en
un baile puro y loco. Almas gigantes son porque no se han levantado de su nostálgico
romanticismo. Y ahora lo rizan todo de ignición y suicidio, y por debajo de mi
vida tengo almas incandescentes que vinculan mi soledad a una inmolación con su
retorno a los gélidos torrentes, cuando bajo mis pies y a su lado puedo devorar
el frío de la sepulcral trascendencia de la piedra gris. Llorad, llorad, amigas
mías. Miserables y terrestres, tan nostálgicas, inmanentes a un legajo que les
destruye los papeles balsámicos de la memoria.
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