Le rozaría las mejillas.
Pondría la huella del descaecimiento en sus mejillas, rondándole incluso los
labios, un fragmento de la comisura, como un ciego. Percibiera ella el mundo
como un motor imparable que se ha dañado, que cede a ese pulso íntimo de
sentirnos dentro de la oscuridad. Sintiera el cuerpo maltrecho, una luna que
truena arriba, dolor en los brazos que iban a abrazarme en un impulso
irracional, loco. Y no fuera nada más que hemos estado a punto de burlarnos
desgarradamente de la buena educación. “¿Qué haces aquí en el mundo conmigo?”,
debí preguntarla. Entonces todo se hubiera llenado de misterio alrededor de un
círculo no más grande que el de dos cuerpos que no se han abrazado.
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