Te ibas claramente ajena
a los rasgos severos que ponía la lluvia lentamente en ti y decoraban el adiós inconmutable.
Seguían subrayadas con flores las veredas y atravesabas el ocaso con un “Adiós”
desigual a una nube gris o un infierno. Ibas dejando lágrimas y muertos. Ibas
montada en una irrealidad de hierbas. Sugerías una canción que embriagaba si
volvías la vista y los cabellos. El poema se rompió en el papel y quedó
flotando sobre el suelo del ocaso de sangre, templando con la última perfección
la lejanía que mis manos de agua no te podían enlazar… Y unas palabras que
doraban el suelo de una mística lucha. Lágrimas y muertos. Discúlpame si no
hallé otro temblor último que se dilatara hasta donde tú alzabas la mano en
adiós, perdida ya a lo lejos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario