Llovizna. Como un nuevo
lenguaje del agua, llovizna. Y sé que estabas hace un momento aquí, y ahora
estoy solo. Pero ¡no!… ¡Están todos los reflejos tuyos sobre los cristales! Me
devuelven los matices que te abandonaron. Estás, pero juguetona y alegre, sobre
lentas irisaciones que te invocan. Estás, lees un libro, te alejas de mí. Tuve la
carne trémula, ahora oigo el latido delicado que pervivió. Mujer, tú no
debes morirte del todo. Porque aquí siempre habrá una primavera que te exhorte y te diga: “¡Levántate!”, y empañados los cristales te persuadan a arrojarte de nuevo a
los espejos. Porque sabes que nuestra casa es pobre y triste cuando callan los
latidos fantasmales que la poblaron, y pensaron en volver interminablemente a la génesis
de nuestros sueños.
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