…Y sólo era un hombre batido
bajo una sombra de la
llanura tostada.
Ardían las arenas remotas
y las rocas inminentes
se abalanzaban
contra una higuera
maldita
que su esquelético
cuerpo abocaba
a un suelo
esquizofrénico.
La mar en calma, allá, se
representaba
exhausta de bichos y
harapos,
porque este desierto,
se decía, adjuraba
de los dioses
concupiscentes,
huyendo de los cuerpos
donde abrevan
el sudor y la
herrumbre.
La soledad de un tronco
roído por las hormigas
descansa como un moribundo
a quien el paisaje abriga
remembranzas de un verdor
que le escupiera un postrer latido,
¡oh, espectáculo de un corazón
que ensimisma
como el acto de
generación nunca asistido!
…Y sólo era un hombre batido
bajo una sombra en la
llanura tostada.
Pero, ¡qué horror
si lo que pareciesen
las cosas
fuese como lo que son!
Si Dios ha muerto hoy
aquí,
¿dónde acaban sus manos
fundadoras
y empiezan las ratas?
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