Por estos campos, un sediento lirio
abrazó la maldad
y escampó para siempre tu saliva del megáfono.
Humildad
de quien meó como un animal vespertino
que ha contemplado la ciudad
y ahora duerme con un recuerdo raro
de voces y claxon, de enemistad
con la luna.
Yo lloro, yo lloro, con mi ambigüedad
y con un suicidio de la honradez,
con peste en mi lengua de hablar
vacío.
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