Yo nunca que entro en mi casa
extraño el claro paisaje de jóvenes arboledas
y donde abajo en la calle los siglos ya no truenan,
sobre nuestra sangre, su escueta gloria.
Es una nube irrevocable mi casa
donde las palabras dicen siempre la verdad
y donde yo ensayo mi quehacer y mi mortalidad
tras la larga cabezada de un hombre que pasa.
Yo veo algo en ella de una peripecia del alma
como don quijote reconquistando el juicio.
Por eso no firmo en papel de historia lo que cuenta
mi casa:
aquel rigor del día en que el amor comunicaba.
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