Yo sostuve en mi mano
un gorrioncito muerto
y juzgué que aquella lágrima
no podía caber en un océano.
Yo sentí en mi mano
llorar a Dios por la vida
y sentí su ternura
destilando una lágrima pura.
Hoy que todo me suena a hueco
rememoro aquel episodio de la niñez.
Hoy que todo me suena a hueco
advierto que la vida nunca lo fue.
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