Érase una casa
embriagada de flores. Érase una vez dos sueños jineteados en el agua. Pero ¿quién
sabe dónde se acaba la hondura del agua? Perro soy que quiere soñar con
honduras precediendo un monte. Pero ¿quién puede oír el brillo de una víscera
bramando venganza? Soy el perro jineteado. El niño ríe. La madre piensa en
cosas que están lejos. Corre mi sangre por surcos indócil -¿no ves cómo me
estoy desangrando?-. Mi sangre se parece a mí más que todo lo que humedece mi
forma de mirar. Y ya no me cabe tanto hueco para mi sangre desaguada. Y estoy
mirando cualquier cosa.
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