sábado, 2 de abril de 2016

Érase una casa...

Érase una casa embriagada de flores. Érase una vez dos sueños jineteados en el agua. Pero ¿quién sabe dónde se acaba la hondura del agua? Perro soy que quiere soñar con honduras precediendo un monte. Pero ¿quién puede oír el brillo de una víscera bramando venganza? Soy el perro jineteado. El niño ríe. La madre piensa en cosas que están lejos. Corre mi sangre por surcos indócil -¿no ves cómo me estoy desangrando?-. Mi sangre se parece a mí más que todo lo que humedece mi forma de mirar. Y ya no me cabe tanto hueco para mi sangre desaguada. Y estoy mirando cualquier cosa.

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