En mi pecho ha
dormido un dolor esta noche,
una daga suave,
hundida misteriosamente,
misteriosamente
dándome una melancólica devastación.
¿Oyes los
cantos del plenilunio de los pájaros?
Son breves
sueños del alba
que han
bajado,
preñados de
aborrecimientos dulces
a mi dolor consumado.
¡Estremécete,
amor mío, en esta hora de llanto!,
mi dolor
perfecto te cubre y te otorga
el reino de
mi sombra.
Cierra los
ojos que es tibia la llama
de mi carne arrojada
a los dientes del vinagre.
Que estás
aquí, a la flecha de mis ojos acostumbrada.