A cada uno de nosotros
la vida puede parecerle un precioso continente de maravillas. Nada tiene tanto
valor para nosotros porque la comparación con otro valor la supone portadora de
él y por consiguiente superior a todo. Desde hace unos días he sido abordado
por la idea de que lo que parece tan nebuloso no es más en el fondo que la
perfección lograda en un instrumento inaudito de acción política. Lo que ha
pasado es que durante un micro momento irrespirable de lucidez he visto lo que
hasta ahora venía siendo mi vida: El regalo más maravilloso de Dios tirado a
una letrina. Desperdiciada por completo. Así surgió la idea sólo novedosa para
mí de que la vida a cada cual le es una pequeña misión en el descomunal
propósito de la humanidad de santificar el Orden o el Mundo. No se trata de que
el hombre por su propia autoayuda se acerque a Dios, sino de que el Orden en el
que estemos instalados no nos niegue poder estar en los brazos amorosos del
Altísimo. No se trata de luchar por la santidad del hombre, sí por un Orden
santo. Estoy convencido que para ciertas sensibilidades religiosas
desarrolladas no es una novedad que la seducción del Mal en todas las
dimensiones del Orden o Mundo imposibilita una pura acción santa y que las
acaba por devorar a favor suyo, a favor de su Reino del Mal. En este sentido
soy revolucionario ya que considero necesarios “profundos cambios” en el Orden.
Legiones de hombres con extrema sensibilidad, astutos, mansos y sabios serán
imprescindibles. Pero no confundan lo que propongo, por favor, con un Estado
Confesional. Yo voy mucho más lejos, mucho más de lo que pueden dar a
entenderse en estas pocas líneas.
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