Yo voy por
una maldición,
inclinando
la frente,
taladrado
por el gusano,
vistosamente
inerte.
Razones
oscuras
de un
bellísimo atardecer
me dieron a
beber
razones más
oscuras.
Y bebí en
una lampiña noche,
y estrené
una boca,
y torcí por
un sendero,
y equiparé
mi sombra a la sombra.
Y, ahora,
vueltos los ojos,
no sé…
¡Me
estremece tanto
lo que vibró
una vez…!
Se sueña tan
bárbaramente
con el fondo
de la rosa,
que la
mirada se nos pierde en las raíces,
absortos de
luna terrosa.
¿Sería
posible no saber nada
y herir al universo
de ignorancia que más habla?