Nocturno de simientes tiradas,
hambre que sólo el hambre oye,
dentadura que aguarda apoyada
y que ríe en lo inmenso
de este enloquecimiento de los muros
y este quehacer cerrado.
¡Sal, alma mía, al vuelo generoso!
Ponte en el camino y anda.
Levántate como un aroma de hierba
por laderas y montes.
Y, lleno de alas y profundidades,
entrégate, arrástrate, enfurécete,
y come de la vida rebosante de pedazos
y ataúdes rotos, e íntimas piedras
rodando por tu garganta desequilibrada.
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