Mi corazón trasnochando
y gozando las
luminarias, pensaba
que sería su
hogar,
no mi pecho,
la mañana.
Dos ojos se lo
confiaron.
Le dijeron,
también, que al alba
serían tus
brazos mi casa.
Y miré la
aurora dos veces:
la primera cuando
asomaba,
y la
segunda, porque ya no la veía,
buscándola
dentro del alma.
¡Mi corazón
pequeño
qué poco
sabía de nada!
Los dos ojos
y el cielo lo equivocaban,
y el alba huyó,
avanzando solitario.
Iba mi
corazón de mañana
a cuestas
con su desengaño.