El toro que empuja
contra la vida
ha perdido la noción
del tiempo prodigado
y ahora es un rayo misterioso
que no puede cesar y de
arder,
como una nostalgia que
es lanzada al infinito.
Es un dolor bueno, es
una mancha azucarada
cuanto de mí sé.
También sé que no te
necesito.
Caminan como osos las
plantas de mis pies,
incesantes.
¿Sabes, buen Padre?
Ahora soy el hijo
que un día saltó de la
imaginación de tu vehemencia eterna.
Y con este dolor bueno,
sobre este mundo
que ardería de amor por
ti
si no fueras un error
matemáticamente,
me gusta conjeturar que
sales a comprar el pan,
y es lindo imaginar tu calderilla
acabándose sin zozobras,
porque no nos necesitamos,
y sabes que cuando me
hagas falta
será sólo que estoy
falto de cerillas
para mi rayo adentrado en
el infinito.
No hay comentarios:
Publicar un comentario