miércoles, 30 de noviembre de 2016

Sobre los hechos...




Sobre los hechos de que una niña y una rata
se disputaran un taquito de queso en la basura
de una de las ciudades más pobres de la Tierra,
no me cabe la duda de que son fidedignos,
porque los refirió un hombre bueno
que, aunque pudo no haber asistido nunca,
la verosimilitud y el fin de concienciar
hacía lícita inclusive una narración tan dramática.
Cabe preguntarse cómo pudo Dios dejar solos
a aquellos niños hambrientos.
Pero la demagogia ha puesto un hilillo
entre mis labios de babilla escurriéndose,
y casi me he caído de culo
mientras me balanceaba en la silla.
Los niños aquellos se encontraban rodeados de personas,
acaso de una de las ciudades más bulliciosas del mundo.
Yo sé que quien arrima la cesta de las limosnas al crucifijo
en realidad pide magia,
o es que quiere desentenderse
de la irritante conciencia suya.
Me parece entender ya por qué clase de tergiversación
el hombre moderno recurre tanto a la conciencia de Dios
en vez de a la suya propia.
Y es que creo, no que no la tiene, sino que tiene
conciencia en desmesura,
con tan fuertes gritos angustiados, y tan impertinentes,
que nos llevan al odio hacia nosotros mismos.
Y nos llevan, asimismo, al pesimismo de que seres tan oscuros
puedan arreglar algo en el mundo.
Dios lo podría arreglar pues
para Dios no hay nada imposible, pero estaría
haciendo un daño no menor a la multitudes
que ven estas cosas y nada hacen,
y la indigencia moral en que incurriríamos sería tal
que convertiría la Tierra en un planeta acaso más inhabitable
aún. En cuanto a la magia,
ella podría condenarnos a un estado de infantilidad
para la eternidad en un cielo
que acaso vendría a ser desolado como a punto lo ha estado
la Tierra,
entre corazones tan duros.
¿Queréis magia también que ablande el corazón del hombre?
Pues pedirle eso que eso es lo estamos llamando rezar 
desde siempre. Él lo quiere y está haciendo.



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Yo no creo que sea bueno que el tema de Dios se convierta en
un tema de moda. En algunos sitios como las iglesias el tema
es atravesado por un dejo algo cansino cuya procedencia 
desconozco. Se me ha ocurrido hablar de Dios por 
improcedencia y también un poco por impudor. Hablar de Dios 
es arriesgarse al enemigo y a la tontería. Por eso he dejado 
cierta holgura entre las ideas donde cabe pensar lo distinto. 
“Lo distinto”, que puede ser mi pensamiento dentro 
de un par de días o dentro de un par de horas.


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