Ellos huyen hacia donde
fluir
sienten el perfume del
agua.
Con los pasos contados
huyen
hacia una mirada blanca
y cegada.
Con los racimos de los
montes
a su espalda,
huyen del
enloquecimiento
que ha matado sus
miradas.
Huelen a sangre
vibrando
por sus camisas,
y con la mirada en lo
lejano
piensan en espirales de
arañas.
Congelados los músculos
saben que aún les
aguarda
una noche inmensa de
acechanzas.
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