Hay un pudor sin clarificar para que una
amistad entre dos virilidades se enmarque en el territorio de la innovación.
Debo advertir que aquello de que voy a hablar es muy infrecuente dentro de
nuestras sociedades. Es amor pero es casi superior a él. Rechaza su expresión
carnal en el sexo, pero en ciertos momentos abraza su lenguaje atosigante. Este
tipo de amor entre dos virilidades ha devenido a lo largo de los siglos hasta
el punto de ser inclasificable o sospechoso de homosexualidad. Estoy
acordándome del amor de Jesucristo hacia el más joven de sus discípulos o el de
Sócrates. ¿Cuál debe ser nuestra pregunta?
En el momento en que pensamos en el amor
heterosexual la pregunta nos sorprende por su facilidad. Es esta: ¿De qué nos
salva el amor heterosexual? La respuesta a la pregunta nos sorprende por su
facilidad ya que no podemos entenderla sin haber pasado un tiempo por la
soledad. Todos recorremos un tránsito más o menos largo de soledad hasta darnos
cuenta que necesitamos la compañía de un hombre o una mujer. ¿Cuál es la
pregunta, pues, que interroga a los sentimientos de una virilidad contra otra
virilidad? He vivido alguna que otra porción de mi vida sin entender por qué
todo hombre debe de aprender a amar a Adán, el más tentado de los santos, el
cómico que trajo la muerte al mundo, el trágico más odiado. Tragicómica es la
breve estancia de Adán al lado de Dios. Recuperemos fuerzas. Adán es la
virilidad en esencia, la primera creación de Dios. Amar a Adán es amar lo que
Él ama, ya que de la misma manera que lo que yo amo es servido a manos llenas
en mis poemas, por ejemplo, Él tampoco podía entender su creación si no la
amaba en extremo.
La pregunta que interroga a los sentimientos
de una virilidad contra otra virilidad ya está formulada: ¿Conoce el hombre en
menor grado a Dios si no ha sentido esta clase de amistad? Por mi parte ya he
allanado el camino. A otros toca ahora llegar más lejos. Creo que está será la
entrada, mas no la única, sospecho.
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